UN AMERIPLATO EN PARIS
Soy un plato fuerte de cerámica blanco, mi vida esta llena de historias, algunas gustosas otras terribles.
Hace 86 años que existo, mi primer recuerdo me sitúa en un orfanato después de la guerra, eran tiempos muy aburridos, solo las patatas y nosotros habitábamos en las frías cocinas.
Las monjas nos trataban como a animales golpeando a las patatas con fuerza, siempre un golpe a veces, muy pocas, dos.
Nos daban duchas de agua fría y nos frotaban con unos estropajos horribles algunos estaban oxidados, fue muy duro pero no viví mucho tiempo en aquel lugar, me embalaron y enviaron a París. Allí viví Los mejores años de mi vida, al principio no entendía nada pero gracias a un acordeón que todos los viernes venia al restaurante, comencé a entender a los franceses. Los chef flambeaban muchos platos, eso me gustaba mucho, después del frío que había pasado en las cocinas del orfanato, además me emborrachaban con brandy y otros licores que yo nunca había probado, que fiestas mas locas, allí conocí a batidora y espumadera mis mejores amigas, con ellas he vivido mis locos años de juventud entre champagne y caviar.
Pero todo acabó la noche en la que un chef loco y bigotudo tiro a batidora al fregadero, este estaba lleno de agua y batidora estaba enchufada, los dos murieron, todo se vino abajo el restaurante cerró estuvimos mucho tiempo sin ver ni una triste lechuga, espumadera estaba oxidándose yo me asusté mucho si la situación no cambiaba también la perdería a ella.
Una mañana oí voces y pasos. Vi a dos tipos que no hablaban francés sentados en una mesa, cogieron a taza y cucharilla las lavaron y llenaron de café, fueron a la mesa con ellos, yo no quitaba el ojo de aquellos tipos, cucharilla empezó hacerme señas, daba vueltas dentro de taza no podía creer lo que me decía, nos habían comprado!!!
Unos griegos abrían de nuevo el restaurante!!!
Sacaron brillo a espumadera estaba mas brillante que nunca, apunto estuvo de no contarlo, los griegos la salvaron, y a todos los demás también, nos acordábamos de batidora cada vez que hacían mayonesa, nunca la olvidaríamos. Estábamos en noche de inauguración el restaurante estaba a rebosar a mi me vistieron de lo mas elegante con hojas de parra y langostinos a la plancha rociados de ouzo.
Todo marchaba, plancha humeaba de felicidad, cazuela se desbordaba de alegría, los fogones al rojo vivo, los griegos cantaban en corro, yo bailaba, que mareo! era una locura pero me lo estaba pasando mejor que nunca hasta que hicieron algo horrible, no puedo olvidar aquello, nunca sentí tanto miedo. Derrepente, los griegos poseidos por el dios vaco arrojaron contra el suelo los platos haciéndolos pedazos, morían a centenares oía sus gritos y me estremecía, no entendía nada se habían vuelto locos, sus faces desencajadas por la risa mas estremecedora que jamas escuché, hicieron que sintiera pánico, iban a acabar conmigo en cualquier momento pero, una niña me miró y con sus pequeñas y temblorosas manos me cogió y abrazó, se escondió debajo de una mesa, me puso a salvo junto a ella, me salvo la vida.
Le gusté tanto que me metió en su mochilita y me sacó de allí poniendo así en peligro su buen nombre griego, que un griego no rompa platos es como si un inglés renegase del te o un ruso de estrellar vasos contra la pared.
La niña viendo que entre los suyos mi vida corría peligro, me dejó disimuladamente en una pequeña tasquita del maurois.
Nunca olvidé lo que esa niña tan pequeña hizo por un insignificante plato, su imaginación humanizó mi existencia.
Ahora vivo en la tasquita, es tranquila y los ancianos que la regentan me cuidan, yo hago mi trabajo lo mejor que puedo soy un portador de sabores, a veces a mi pesar de colillas de cigarrillos pero bueno todo trabajo tiene sus inconvenientes, los ancianos me untan de bechamel y ricas cremas templadas me lavan y secan con cariño mientras cantan a charles trenet.
Soy un plato fuerte de cerámica blanco, mi vida esta llena de historias, algunas gustosas otras terribles.
Hace 86 años que existo, mi primer recuerdo me sitúa en un orfanato después de la guerra, eran tiempos muy aburridos, solo las patatas y nosotros habitábamos en las frías cocinas.
Las monjas nos trataban como a animales golpeando a las patatas con fuerza, siempre un golpe a veces, muy pocas, dos.
Nos daban duchas de agua fría y nos frotaban con unos estropajos horribles algunos estaban oxidados, fue muy duro pero no viví mucho tiempo en aquel lugar, me embalaron y enviaron a París. Allí viví Los mejores años de mi vida, al principio no entendía nada pero gracias a un acordeón que todos los viernes venia al restaurante, comencé a entender a los franceses. Los chef flambeaban muchos platos, eso me gustaba mucho, después del frío que había pasado en las cocinas del orfanato, además me emborrachaban con brandy y otros licores que yo nunca había probado, que fiestas mas locas, allí conocí a batidora y espumadera mis mejores amigas, con ellas he vivido mis locos años de juventud entre champagne y caviar.
Pero todo acabó la noche en la que un chef loco y bigotudo tiro a batidora al fregadero, este estaba lleno de agua y batidora estaba enchufada, los dos murieron, todo se vino abajo el restaurante cerró estuvimos mucho tiempo sin ver ni una triste lechuga, espumadera estaba oxidándose yo me asusté mucho si la situación no cambiaba también la perdería a ella.
Una mañana oí voces y pasos. Vi a dos tipos que no hablaban francés sentados en una mesa, cogieron a taza y cucharilla las lavaron y llenaron de café, fueron a la mesa con ellos, yo no quitaba el ojo de aquellos tipos, cucharilla empezó hacerme señas, daba vueltas dentro de taza no podía creer lo que me decía, nos habían comprado!!!
Unos griegos abrían de nuevo el restaurante!!!
Sacaron brillo a espumadera estaba mas brillante que nunca, apunto estuvo de no contarlo, los griegos la salvaron, y a todos los demás también, nos acordábamos de batidora cada vez que hacían mayonesa, nunca la olvidaríamos. Estábamos en noche de inauguración el restaurante estaba a rebosar a mi me vistieron de lo mas elegante con hojas de parra y langostinos a la plancha rociados de ouzo.
Todo marchaba, plancha humeaba de felicidad, cazuela se desbordaba de alegría, los fogones al rojo vivo, los griegos cantaban en corro, yo bailaba, que mareo! era una locura pero me lo estaba pasando mejor que nunca hasta que hicieron algo horrible, no puedo olvidar aquello, nunca sentí tanto miedo. Derrepente, los griegos poseidos por el dios vaco arrojaron contra el suelo los platos haciéndolos pedazos, morían a centenares oía sus gritos y me estremecía, no entendía nada se habían vuelto locos, sus faces desencajadas por la risa mas estremecedora que jamas escuché, hicieron que sintiera pánico, iban a acabar conmigo en cualquier momento pero, una niña me miró y con sus pequeñas y temblorosas manos me cogió y abrazó, se escondió debajo de una mesa, me puso a salvo junto a ella, me salvo la vida.
Le gusté tanto que me metió en su mochilita y me sacó de allí poniendo así en peligro su buen nombre griego, que un griego no rompa platos es como si un inglés renegase del te o un ruso de estrellar vasos contra la pared.
La niña viendo que entre los suyos mi vida corría peligro, me dejó disimuladamente en una pequeña tasquita del maurois.
Nunca olvidé lo que esa niña tan pequeña hizo por un insignificante plato, su imaginación humanizó mi existencia.
Ahora vivo en la tasquita, es tranquila y los ancianos que la regentan me cuidan, yo hago mi trabajo lo mejor que puedo soy un portador de sabores, a veces a mi pesar de colillas de cigarrillos pero bueno todo trabajo tiene sus inconvenientes, los ancianos me untan de bechamel y ricas cremas templadas me lavan y secan con cariño mientras cantan a charles trenet.